Encuentro

Al menos seis días al año (excepto bisiestos) unos diminutos cuadrúpedos surgen del mar de gotelé de las paredes y techos y cabalgan hacia mí con ímpetu desmedido y oscura mirada. Su pertinaz actitud acaba dando sus frutos y, tras vacilar unos intantes, accedo a dialogar con ellos. Su número no importa. Sólo puedo fijarme en sus brazos (dos en cada costado) y sus dedos inquietos. Impasibles me inquieren con su ceño fruncido que les responda a las preguntas que no han formulado. Y yo… respondo. Pero lo hago mediante imperceptibles vibraciones oculares conjugadas con un apropiado ritmo cardiaco. No sé si me entienden ni sé qué quieren de mí, pero parecen entenderme y yo responder coherentemente a sus preguntas.

Llegados a cierto punto, cambiamos los papeles y yo me convierto en el entrevistador. Mis ojos desprenden cierto aire plomizo y ellos me cuentan sus anhelos. Se encogen y desprenden melancolía. Yo los acojo en mi regazo y les soplo suavemente. Entonces, uno a uno, se descomponen en una miríada de partículas fluorescentes que mansamente regresan a las paredes. Cierro los ojos y me invaden autopistas de color sobre un fondo negro. Tan rápido y tan despacio como un parpadeo eterno. Tan predecible y tan sorprendente como la próxima vez… espero.

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