La sombra enjaulada


La puerta se abrió dando paso a una luz más brillante que la de centenares de Leónidas juntas. Decidida, la figura cruzó su umbral sin percatarse de que su sombra se escurría entre las rejas de una jaula rota yacente en mitad de la habitación. Llegar a este punto no había sido nada fácil.

Los comienzos, inconcretos como casi todos, se remontaban al menos quince años atrás cuando todo estaba bien claro. Sin embargo, había algo en el ambiente que le hacía sospechar de que la realidad propuesta no se ajustaba a la verdad. Su olfato no andaba descaminado; sus pies y su fe se asentaban sobre cimientos falsos e inicuos. Ciertamente, le llevó mucho tiempo asimilarlo. Ensayo y error y vuelta a ensayar y a errar. Erró tantas veces y divagó por no menos tiempo que, llegado el místico momento de lucidez, de súbito, la jaula que oprimía su cabeza se desprendió por sus cuatro costados. La respuesta estaba ahí, donde posiblemente siempre había estado, y el gozo de haberla alcanzado se enturbió con la certeza de que su hallazgo era imposible de comunicar.

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