El eterno retorno

Con el único rumor del levante, mansamente, las luces fueron encendiéndose una tras otra. ¿Era posible que hubiera más en la tierra que en el cielo? No, no podía ser cierto. Ello hacía derrumbarse las predicciones de cientos de vates sobre lo que debía ser el final. ¿Final? ¿Quién podría dilucidar qué estaba ocurriendo si bastante había con pensar en refugiarse tras el fatal cataclismo?

Freimann no era un desheredado, pero no sentía esa desesperación por esconderse y cerrar los ojos. Su instinto de supervivencia, por contra, le empujaba a buscar una explicación para todo aquello. Los cadáveres desnudos rezumaban éter, alfombra del “insolente de pesado caminar” -como le llamaban pocos meses antes del holocausto- en su paso decidido hacia el génesis del desastre. De repente, un mal apoyo en un cráneo frágil hizo al viejo Freimann caer por una ladera de carne y vísceras hasta que se asió al calcañar de algún infeliz dándose de bruces con la cara de una niña que asomaba entre dos piernas. Parte de la hedionda loma amenazaba con caer encima suya y los ojos de la niña, que yacía cabeza abajo, resbalaron lentamente por entre sus inertes mejillas y las de Freimann hasta caer y rodar sobre los cuerpos. Varios cadáveres cedieron finalmente y Freimann se vio arrastrado por la siniestra vorágine varios metros más abajo.

Algo goteaba en la cara de Freimann y, al abrir los ojos, le sobrevino el impulso vertiginoso de respirar aire limpio. Como pudo, consiguió abrirse camino entre la podredumbre que había sobre él. Tras coronar la cima, respiró intensamente y arqueó por varios minutos. Sin recuperar el aliento del todo, alzó la mirada hacia el sur y contempló, desencajado, centenares de piras que iluminaban el valle. Agachó la cabeza repentinamente y leyó “all is full of love” en los harapos de un muchacho justo antes de vomitar.

En este punto, como siempre, el sudor frío hizo a Freimann despertar maldiciéndose a sí mismo una vez más y, tras dar un trago al vaso de agua que siempre dejaba a su diestra, cerró los ojos nuevamente esperando que nada le perturbara hasta el amanecer.

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