De apellido yermo


Las cuentas no cuadraban para quienes observaban a Freimann. Sus posesiones no valían más que un paraje liego y él bien que se comportaba como si fuera un “don Caudales”. Su hogar, poco más de cuatro paredes y un techo; su vestuario, una nimia colección de ocres de pana y sus pies, siempre fríos. Pero el viejo tenía la desfachatez de sonreír todos los días. Algo escondía, de eso no había duda alguna. ¡Qué insoportable descaro el de Freimann!

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Un pensamiento en “De apellido yermo

  1. Freimann disfrutaba de sus días con la despreocupación de sonreir sin saberse. Supo hacerlo hasta ver el tiempo perdido. Fué entonces cuando cualquier resquicio de dientes tras sus labios, empezó a ser mero simulacro.Tácito

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