Puertas

Fenderson, en un error mágico, envió a todos sus contactos de correo electrónico un pequeño vídeo grabado con su nuevo teléfono móvil exactamente a las 14:06, veinticuatro minutos antes de que terminara la hora del almuerzo. En éste, el habitante de váyase a saber usted qué planeta -uséase, Fenderson- captó el momento en el que con increíble acierto lanza un resto seco de su mucus lisonjero hacia el escritorio de la monísima Sarmiento colándose, pirueta imposible, en la pajita del refresco de ésta.

El papas fritas, uno de los destinatarios, volvió a la oficina a las 14:29 y se encerró como de costumbre en su despacho sin mirar siquiera a Fenderson, que roncaba a moco tendido sobre su mesa. El resto de los compañeros, incluído un soñoliento Gutiérrez, se sentaron frente a sus ordenadores exactamente a las 14:30 y el sonido del tecleo inundó de nuevo la sala.

De repente, a las 14:32, el papas fritas abrió violentamente la puerta de su despacho con los ojos desorbitados, pálido. Todos le miraron sorprendidos. Sarmiento sorbía su refresco y el papas fritas se dirigió lentamente hacia Fenderson con los ojos enrojecidos. Sintiéndose cada vez más incómodo, Fenderson trató de buscar ayuda con la mirada a sus compañeros aunque no sabía muy bien por qué. En esto que el papas fritas le asió fuertemente de los hombros, le escupió una carcajada que retumbó por todo el edificio y le abrazó como si fuera un hijo que hubiera regresado de la guerra.

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