Rumiando.

-Antes era antes, que dijera el filósofo.

Explicación: como a Gutiérrez le gustaba últimamente dárselas de templado, dióle por memorizar frases célebres para usarlas a modo de muletilla. Sólo una objeción: no eligió el libro adecuado. Claro, todos eran tan fascinantes a sus ojos, tan llamativos y parecidos que, las cosas como son, se la traía al fresco cuál escoger.

Tardes enteras había divagado el ínclito oficinista acerca del mágico momento de la elección del oh gran libro que le permitiera engordar su acervo -enigma para Fenderson, pues él no acertaba a entender que Gutiérrez tuviera noble bestia tal por animal de compañía- para mejorar su imagen de cara a la galería. Soñaba con sus yemas acariciando lomos de cuero, cartoné y pasta, letras en pan de oro, papel cebolla, etc., soportes en cualquier caso de su futura ampliación de conocimiento.

Como era de esperar, Gutiérrez había escogido el libro con más colorines de toda la tienda. Y claro, sólo su acólito Fenderson vio en sus ojos destellos de una nueva sabiduría, Sarmiento se reafirmaba en la idea de estar trabajando rodeada de energúmenos y batracios y el Papas Fritas andaba entretenido desentrañando las múltiples funciones de su nuevo teléfono móvil.

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