Aullidos desde la oficina

Por las calles caía a plomo un bochornazo insoportable y, en cuestión de minutos, se olía con claridad la tormenta. Tenía pinta de ser de ésas que cada año irrumpe de sopetón como una manada de domingueros presapiens -valga el epíteto- dispuestos a dejar clara su voluntad de darle al personal por donde nunca alumbra el sol precisamente en tu última mañana de vacaciones. Estornudos y maldiciones fueron los únicos sonidos humanos que acompañaron a Gutiérrez en su ascenso a los infiernos, planta 11, oficina 02a.

Aullidos desde la oficina. Vaya un título para un disco. No sonaba mejor que lo que ofrecía la calle -pensó- y se guardó los cascos. Y en esto que se puso a diluviar y Gutiérrez, por lo que fuera, no apretó el paso. Hoy iba a ser un día largo, sin duda.

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