El final de la invisibilidad

Jamás se habían visto antes y sin embargo, como ocurre a veces, sus caras les eran familiares. Se miraron de soslayo un rato intentando reconocerse. Intentos vanos, todo hay que decirlo. Fue el mayor de ellos, un hombre de mediana edad con una calva perfecta, quien se adelantó unos pasos y agarró el toro por los cuernos.

– Perdona, tengo la impresión de haberte visto antes. ¿Eres del club Glaciar?

– No -respondió intrigado el joven-. De hecho, también me suena su cara.

– Llámame de tú, hombre. Me llamo Díaz -comentó sonriente ofreciendo su mano-.

“Díaz”… ¿de qué le sonaba? ¿y por qué se presentaba con su apellido?

– Encantado -dijo el joven dudando mientras estrechaba su mano-. Quizá nos hayamos visto en el estadio algún domingo.

– No, imposible. No voy al fútbol. ¿Quizá en la comunidad de vecinos del Valle?

– No, yo no vivo allí, sino al otro lado de la autopista -respondió cortés pero secamente.

Siguieron así durante un par de minutos hasta que, de repente, al joven se le encendieron todas las alarmas internas. Una a una, todas las posibilidades se iban desechando y tle sobrevino el presentimiento de que sería el trabajo su nexo con el tal Díaz. Y eso no le agradaba nada en absoluto.

– Supongo que será sólo un error de percepción. Quizá conozcas superficialmente a alguien que se parece a mí y simplemente te ha parecido que era yo, ¿no? -zanjó el joven persuasivamente-.

– Sí, puede ser… bueno, discúlpame.

– No pasa nada -cerró con una sonrisa incómoda.

El joven había salido airoso. Realmente no sabía quién era el tal Díaz, pero se solía fiar de su instinto, y si éste le aconsejaba que no diera más información, por algo sería…

– ¡Perdona otra vez! -inquirió repentinamente Díaz, que volvió hacia el joven-. ¿No estarás en Desarrollos? ¿oficina 8002?

– … no, no ahora -y calló repentinamente, visiblemente arrepentido de haber pronunciado la palabra “ahora”-.

Vicente cucó los ojos y se avalanzó a lo Sherlock Holmes.

– “No ahora”… entonces has trabajado allí antes.

– Mmm, sí -respondió maldiciéndose a sí mismo mentalmente-.

– Entonces… (con los ojos como platos) ¿viviste el… el… -buscaba la palabra- … el incidente?

– Mire…

– Díaz, todos en la oficina me llaman Díaz, y mis amigos también. Esto es fantástico, no me lo puedo creer. Hostia, perdona, que te he cortado.

– … no tengo ganas de hablar de aquello.

– Lo entiendo, lo entiendo, no te quiero agobiar, es lo último que querría hacer, muchacho. Pero sólo dime una cosa, ¿sigues en la empresa? ¿En qué oficina? Quizá podríamos charlar otro día sobre el incidente y…

– Registros -cortó el joven-. Sólo hablaré de eso. Oficina 1102. Se lo digo porque veo que es de los que dan el coñazo cuando algo se les mete en la cabeza y seguramente lo acabaría averiguando.

– Vamos, hombre, no te pongas así…

– Tengo que irme -dijo sin mirar y avanzando por el vagón.

– Oye, perdona… ¿cómo has dicho que te llamas?

– (Girándose) No lo he dicho y no pienso decírselo.

– Venga, hombre, no es para tanto. Y tutéame, soy Díaz, de Compras. Así me llaman mis amigos.

– Mire, no soy su amigo. Sólo un cualquiera de la empresa. Déjeme en paz.

Refunfuñando, Gutiérrez se cambió de vagón y pensó en cómo variar su trayecto hacia la oficina en adelante para no coincidir más con aquel capullo.

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