Reencuentro: Fenderson

Ante sus ojos, una calavera pintada con aerógrafo en rosas y verdes chillones como si lo hubiera hecho un niño hiperactivo y daltónico.

– ¿Te gusta? -preguntó sonriente Fenderson.

– La has pintado tú, ¿verdad? -evadió hábilmente Gutiérrez mientras Fenderson asentía emocionado. ¿De dónde la has sacado?

– Verás, estuve en Méjico hace dos años durante el día de todos los Santos y…

– No me digas más: te pudo el deseo de añadir otro objeto inúti y/o asqueroso a tu colección de objetos inútiles y/o asquerosos.

– No no no… ¡qué va! El caso es que me dio ideas. Entonces, el año pasado aproveché que en mi pueblo se limpian las tumbas para el día de Todos los Santos y abrí la de mi tío Anselmo. La limpié y la pinté y, como me gustó, me la he quedado. Me sirve tanto de lapicero como de pisapapeles, ¿ves? – dijo colocando un par de bolígrafos a través de las cuencas de los ojos de la calavera.

– Muy bien, muy bien -replicó apresuradamente Gutiérrez mientras sacaba los bolígrafos de la calavera y se la colocaba en la barriga a Fenderson-. Veo que todo sigue igual a como lo dejé hace unos años. Yo también me alegro de volver a verte, Fenderson.

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